Hace algunos años huyó una estrella que había descendido hasta una rama en la que cantaba un ruiseñor. Y envolviéndolo con sus reflejos le había dado con medida ilusión.
Llevóse el astro en su partida el pensamiento y el alma del ave, y con ellos vaga en el Éter inconmensurable.
El Ruiseñor permanece en su vieja rama cantando amargamente su desengaño y su abandono. Pero en cierto modo es feliz con sus recuerdos, porque los goza sin rencor y sin remordimiento.
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